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sábado, 5 de mayo de 2018

Evitar situaciones y emociones impacta negativamente en tus logros


En mi faceta amateur de actriz interesada en la complejidad del mundo teatral, asisto de allá para cuando a encuentros con creadores escénicos. Uno de éstos, a quien admiro por sus trabajos, manifestó vestir siempre de negro por elección propia, y el negro era asimismo el color que marcaba sus diseños escenográficos.

Más allá de tesis populares sobre el significado de los colores, para las que la ciencia no ha hallado soporte suficiente ni definitivo[1], suelo sentir curiosidad profesional por conocer qué lleva a individuos no adscritos a ninguna tribu urbana a decidir vestir de negro y mantenerse en esa decisión durante décadas.

Pregunté por ello a este creador qué le había guiado a elegir ese color para su vestimenta y escenografías.

Se quedó desconcertado. Contestó que le parecía elegante y dio unas cuantas vueltas retóricas sin añadir nada más. Le animé preguntando qué quería transmitir con ese color. Meramente le gustaba, dijo, no le gustaban otros colores. Se notaba sinceridad en su no saber elaborar más la cuestión, al menos en ese instante.

Encontré luego un paralelismo con clientes míos de coaching, cuya relación con sus emociones sufre de parecida falta de elaboración. Y no hagamos tópicos de género, porque he encontrado tanto hombres como mujeres cojeando de ese pie.

Hay clientes que me narran una situación desagradable que les sucedió y, cuando pregunto cómo se sintieron, contestan: “mal”. Y cuando pido que hablen algo más de ese sentimiento, sobre qué notaban, si recuerdan sensaciones físicas asociadas a la situación, o cualquier otra pregunta destinada a que acerquen más y mejor el sentimiento a su conciencia, de modo que podamos conocerlo y tratarlo, se encogen de hombros con leve incomodidad y vuelven a decir: “no sé, mal”. En ese momento yo abandono esa vía y le pego la circunvalación, para más adelante conseguir resultados por otro camino.

Otros clientes pretenden conseguir sus objetivos sin implicar sus emociones en el proceso de coaching, cosa poco fácil de alcanzar o de mantener en el tiempo pues, en una mayoría de casos, el cliente acude a mí porque, independientemente del objetivo tangible o intangible que persiga, una emoción que no está gestionando es parte del problema

Por ejemplo, llegan y exponen: “tengo miedo al futuro Z”. Y, paradójicamente, su intención es solucionarlo exclusivamente por la vía de la acción, esto es, hallar conmigo como coach qué deben hacer hoy y de aquí en adelante para evitar (verbo muy significativo) encontrarse con ese futuro Z que temen… Desechan el camino fácil, que es, además de las acciones, aprender conmigo a acoger su miedo y dejar que éste les acompañe con inteligencia. No en vano, ya decían los antiguos sumerios: El miedo mirado de frente se convierte en valor, el miedo evitado se convierte en pánico.

La evitación es una revirada manera de complicar las cosas que el ser humano usa con profusión. Es el afrontamiento el que simplifica, pero esto pocos lo saben, como reconocía Nietzsche: Todos sabemos complicar las cosas, sólo unos pocos son capaces de simplificarlas.

La evitación proviene, entre otros, de la desconexión con las propias emociones. Estar desconectado de la propia emoción significa que vas sintiendo por la vida, pero no te detienes a observar, valorar o autorregular esas sensaciones y sentimientos. Y tampoco te detienes a relacionarlas con tus pautas automáticas de pensamiento, con tu estilo de vida o con tus circunstancias. 

La evitación puede también provenir de no saber cómo intervenir sobre tus propias emociones: puedes ser capaz de describir a la perfección lo que sientes pero eso no te ayuda a dejar de sentir las emociones indeseadas; en consecuencia, o bien te sientes inerme ante ellas o todo lo contrario, haces todo lo posible por controlarlas.
 
En esto del control de emociones, algunas personas, de tanto como quieren controlar su miedo y su entorno, llegan incluso a desarrollar un trastorno obsesivo compulsivo (TOC).  

Conecta con tus emociones. Identifica tu miedo, tu tristeza y tu ira y abrázalos como lo que son, señales adaptativas para tu supervivencia. Si las quieres acallar, volverán una y otra vez; si las gestionas, te serán utilísimos aliados.

Combinando la gestión emocional con los planes de acción, desaparecerán los obstáculos hacia tu objetivo.

Feliz mes,
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Maite Inglés es Coach Profesional desde 2006, en coaching personal, de ejecutivos, equipos y negocios. También ejerce el coaching terapéutico apoyándose en EMDR e Hipnosis. Acreditada PCC por ICF. Mentora de ejecutivos y negocios, y Mediadora en conflictos civiles, mercantiles, organizacionales (intra e inter) y familiares. Economista, MBA y DEA doctoral en gestión de emociones, resiliencia y Psicología Positiva. Trabaja en español, inglés e italiano.

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[1]Desde la antigüedad, estudiosos chinos, griegos, luego Goethe, seguido éste recientemente por Eva Heller†, han expuesto teorías sobre el significado de los colores y los efectos que éstos producen en las motivaciones y en el ánimo de los seres humanos. La ciencia, sobre todo la neurociencia, aún está en mantillas en cuanto a validar o contestar estas teorías, que siguen por ello campando a sus anchas pues la imaginación y la autosugestión son pájaros, gracias a Dios, de vuelo libre. 

Son múltiples las tesis populares que quieren explicar la elección del negro: intención de pasar desapercibido, propensión a defenderse, rebeldía social, búsqueda de la elegancia (una elegancia que no arriesga, apostillarían otros), pasión vital, seguridad en la propia personalidad y en la riqueza interior, aproximaciones sexuales tendentes a la perversión... Muchas cosas, “you name it”

Más que la particularidad del negro, lo que me interesa es la conexión de las personas con su mundo interior,  esto es, de dónde de dentro le nace la elección del negro. Normalmente, esta conexión no será ya pura por haber absorbido por el camino, incluso de manera inconsciente, las influencias del entorno. Por si acaso, yo sigo preguntando.